Los que han ido acercándose a este blog saben que voy escribiendo aquí por rachas y de manera informal. Siempre me disculpo porque tengo mucho trabajo y literalmente no tengo tiempo para abrir el blog y dedicarle unos minutos. Tengo este blog, como también la escritura de la poesía, como algo secundario, como una afición. Pero de alguna forma se relaciona con esa pasión infinita que siento por mi profesión y por mi trabajo.
Hace muchos años, cuando pensaba en qué carrera estudiar, hubo más de una persona en mi instituto que me decía que matricularse de Filología Hispánica era una tontería con el expediente que traía de la EGB y el BUP y el COU. Es cierto, podría haberme matriculado de cualquier otra carrera y quizá con mucho más tino hubiera podido dedicarme a una actividad con mayor prestigio social.
Sin embargo, como siempre me ha pasado, tuve suerte y alguien cerca que me aconsejara. Mis padres me decían escoge aquello por lo que sientas pasión. Da igual si ganas más o menos dinero pero escoge aquello que te haga realmente feliz. Después de oír aquello pasé una temporada reflexionando sobre qué era lo que realmente me gustaba hacer y qué se me daba bien. Me gustaba leer, escribir sobre lo que leía, ver teatro, pensar, estar en contacto con la gente y, sobre todo, jugar al baloncesto. ¿Qué era lo que me podía permitir hacer todo esto? Se profesor de instituto, pensé. Y por ello me decidí a estudiar la carrera de Filología Hispánica.
Esperé con verdadero entusiasmo entrar en la Universidad. Recuerdo aquel verano previo paseando por Raúl con Granada y contándole que por fin iba a poder tener a gente de mi edad con la que compartir lecturas, hablar de literatura, aprender y saciar mi curiosidad. Hasta ese momento había hablado siempre de libros con mis padres, los amigos de mis padres, mis tíos, mis familiares, Raúl y Nacho, pero me faltaba, al menos eso creía yo, estar en contacto con gente de mi edad que tuviera las mismas inquietudes. ¡¡¡Qué iluso!!!
Lo que me encontré al entrar en la Facultad fue lo siguiente. Por un lado había una gran mayoría de estudiantes que venían rebotados de otras carreras y que estaban haciendo "hispánicas" porque les gustaba leer y en el fondo pensaban que la "lectura especializada" se resumía en dar la opinión de uno sobre lo que le parece bien o no de un libro. Por otro había otra masa de poetas, artistas, "eruditos" y gente que se creía poco menos que Cervantes que se arrogaba saberlo todo y conocerlo todo. Su arrogancia, afectación y actitud pretenciosa lo dominaba todo. Por último, la minoría éramos idiotas que no sabían nada de nada, así nos veían y con ese desprecio nos trataban.
Durante los primeros meses yo no hablaba nunca en clase. Observaba, escuchaba a la gente y tomaba mis propias conclusiones. La marea de pedantes y "wannabe" que incluso cometían la arrogancia de erigirse como los profesores de la Facultad del día de mañana estaba siempre presente. Se trataba de un conjunto de poses vacías. Detrás de cada lectura que decían que habían realizado tan sólo estaba el título de un libro que jamás habían leído. Mi decepción fue total.
Sin embargo, en mitad de aquel ambiente verdaderamente asqueroso por la competitividad (absurda como el tiempo ha demostrado), el "seguidismo" y la pose, uno fue encontrando a sus iguales. Mis mejores amistades se fraguaron fuera de la universidad. Era muy amigo de la gente del Conservatorio Victoria Eugenia con la que me unía una verdadera amistad fraternal en aquel momento. Sobre todo con dos hermanos que son los dos mejores músicos que he conocido en mi vida y aunque ya no los trate siempre les reconoceré el inmenso talento artístico que poseen y defenderé su música allí donde haya que defenderla. Y en la Facultad hice mucha amistad con cuatro personas extraordinariamente inteligentes: Carmen, Antonio, Jesús y Ellen. Y siempre a mi lado estuvieron Raúl y Nacho. De aquellas amistades hay gente con la que no tengo ningún tipo de relación y otros con los que de vez en cuando me escribo, pero sin duda el recuerdo que guardo de aquellos años con ellos es extraordinario.
Uno de aquellos individuos de esa masa de "enterados" me dijo al poco de entrar en la Facultad que tuviera cuidado cuando salieran las primeras notas. No entendí aquel consejo y ojalá lo hubiera comprendido a tiempo. Además de "enterados" aquellos personajes eran muy "cotillas" y no sólo miraban sus notas en los listados sino que además se fijaban en quién obtenía las matrículas de honor. Cuando en aquellas primeras actas yo obtuve matrícula de honor en todas las asignaturas, comenzaron los problemas.
Yo no conocía personalmente a ninguno de mis profesores pero escuché barbaridades de todo tipo: que si mi padre era catedrático del departamento, que si yo en secreto le había estado haciendo la pelota a no se quién e incluso se extendió un rumor incomprensible que mantenía que el catedrático Juan Carlos Rodríguez era mi abuelo. De risa, la verdad. En realidad mi vida era mucho más sencilla. Yo iba a clase y en cuanto salía de la Facultad tenía otra vida: la de mis amigos músicos, mis amigos del instituto, el baloncesto y la extraordinaria biblioteca de mis padres con los que hablaba y hablaba de literatura más que nunca. A partir de ese momento tuve que soportar todo tipo de insultos. Lo más gracioso era que cuanto más me insultaban y se metían conmigo por mis buenas notas, menos caso les hacía caso y más me centraba en algo nuevo que estaba descubriendo: la carrera académica.
Fue entonces cuando decidí marcharme a Inglaterra a estudiar con Richard Cardwell y Bernard McGuirk (que terminarían siendo mis directores de tesis). Entre Nottingham y Granada había convenio erasmus. Cardwell y McGuirk eran dos estudiosos de un prestigio inmenso y pensé que podía ser una experiencia positiva ir a sus clases. Como quería sacarle el mayor provecho intelectual a mi año académico en Inglaterra, le pregunté a todos mis profesores en Granada. Me dieron muy buenos consejos y me animaron a aprovechar la estancia. Mientras tanto, los "enteraos" (por cierto El Selu montó en los carnavales de Cádiz una estupenda chirigota sobre esta gente) se reían de mí cuando conocían que me iba a Inglaterra, nada menos, a estudiar "hispánicas". Menuda estupidez, me decían. Ya aquello constituía una buena muestra de su ignorancia. Todo el mundo, por muy torpe que sea, sabe bien que el Hispanismo inglés ha sido y es de una importancia fundamental.
Con mis profesores de Granada siempre me llevé muy bien. Yo no era de los que están metidos todo el día en el despacho pero sí que solía acercarme a preguntarles por más lecturas al final de las clases cuando había un tema que me interesaba mucho y tenía curiosidad por saber más. Desde mi ingenuidad no me daba cuenta de que ese era un signo que los "enterados" interpretaban como que yo era un pelotas profesional, un pedante y un enchufado. Qué le íbamos a hacer. De todas formas me daba exactamente igual por entonces lo que pensaran porque yo ya me iba a Inglaterra con mi beca Erasmus y a trabajar con Cardwell y McGuirk.
Sin embargo, tres días antes de irme a Inglaterra. Ya en septiembre de ese año, cuando tenía todo preparado, iba caminando por la calle con Raúl y me comencé a sentir mal y a duras penas conseguí llegar a mi casa. A los días me diagnosticaron una apendicitis aguda con un montón de complicaciones que se materializaron en una importante hemorragia interna en el aparato digestivo provocada por los anti-inflamatorios de la cirugía que tuvieron que aplicarme. Mi enfermedad tuvo a toda mi familia y a los amigos en vilo durante los cuatro días que estuve muy grave. Yo no recuerdo mucho de aquellos cuatro días. A veces se me vienen imágenes y recuerdo voces, pero según dicen estuve delirando por la fuerte medicación, perdí el conocimiento muchas veces y también mucha sangre hasta que fue un médico al cuarto día el que encontró el punto exacto de la hemorragia y me salvó la vida.
Al salir del hospital un tiempo después, pensé con rabia en que tendría que volver a una Facultad poblada, en su mayoría, por "personajes". Ante ese panorama, decidí matricularme de todos los créditos que me quedaban para terminar la carrera y dejarme unos pocos para volver a pedir al año siguente la Erasmus que había perdido. Tardé mucho en recuperarme pero gracias a Antonio y Carmen, que fueron los únicos que me dejaron los apuntes de las clases a las que no pude ir cuando estaba en el hospital y convaleciente (el médico no me dio el alta hasta pasados 6 meses, así de grave fue el asunto), pude ir estudiando en casa y presentándome a los exámenes a los que me subía mi padre en coche porque todavía no tenía fuerzas para ir en autobús.
Cuando los profesores se enteraron de lo que me había pasado, se preocuparon (como lo habrían hecho por cualquiera que hubiera estado tan grave) por mí. Y fue aquí donde tuve el golpe de azar que cambió todo. El primer día que subí a la Facultad desde el comienzo de mi enfermedad me encontré en las escaleras a un catedrático que se sorprendió mucho al verme en Granada y tan delgado. Le expliqué la historia de lo que me había ocurrido. Fruto del destino, Bernard McGuirk había estado el día de antes dando una conferencia en Granada y como el conferenciante de ese día había cancelado, McGuirk iba a repetir con otra charla y por eso aún estaba en la ciudad. El catedrático me dijo que si iba a la charla de McGuirk me lo presentaría porque en Nottingham habían sentido curiosidad por aquel muchacho que finalmente no había ido a estudiar con ellos porque había enfermado de gravedad.
La charla de Bernard fue magistral. Aquella tarde decidí que quería ser profesor de universidad. El catedrático cumplió su palabra y me presentó a Bernard y él, tan en su estilo como luego he podido comprobar a través de los años, me invitó a tomar algo.
Con esto quiero dejar zanjado de una vez por todas el tema de las leyendas y habladurías que hay en mi ciudad natal sobre mí:
1) Siempre me he llevado muy bien con mis profesores de Granada. No me fui a Inglaterra por alguna razón oculta ni estaba "enchufado". Me fui porque mis propios profesores me lo aconsejaron ya que el sistema universitario español estructuralmente no me podía ofrecer lo mismo que el inglés.
2) Ahora tengo amistad y mantengo una relación colegial con algunos de mis antiguos profesores de Granada con los que colaboro en publicaciones y proyectos.
3) Mi padre es catedrático de instituto de literatura española y ha sido y es mi mayor maestro pero no conocía a nadie en Nottingham. De hecho, fue Bernard el que vino a Granada a convencer a mis padres, a los que no conocía de nada, que yo debía continuar mis estudios en Inglaterra donde tenía más posibilidades para conseguir un buen puesto y desarrollar mi carrera académica, tal y como luego así ha sido.
4) No pertenezco a ninguna camarilla literaria ni académica. Sí, bueno a una en todo caso, a la de Jeremy Lawrance que es uno de mis mejores amigos y cuya generosidad y rigor académico al margen de cualquier moda o pose constituyen referentes fundamentales para mí. Digo que pertenezco a su grupo porque él nos invitaba un día sí y otro también a comer a su casa y apostó en su proyecto de investigación por una serie de personas jóvenes fijándose tan sólo en el talento. Es la persona más desprendida de prejuicios que conozco. Si tengo que ser de algún grupo, me quedo en el de Jeremy.
5) Y, aunque mis antiguos compañeros de Facultad no lo crean y perseveren en la maledicencia, sí se puede llegar a tener un puesto como el que tengo en Amsterdam sin enchufes y siendo independiente. Yo pedí el puesto de Amsterdam porque mi novia, con la que llevo 7 años, vive y trabaja en Bruselas y quería estar más cerca de ella. No hubo otra razón. Tuve suerte y me lo dieron.
6) Nunca nadie me ha regalado nada y toda mi trayectoria está avalada por una cosa que jamás entenderán los envidiosos: la pasión por el trabajo bien hecho.
La razón por la que escribo esta entrada tan autobiográfica es porque hoy he recibido un mensaje anónimo en el blog. La escritura, el odio y la violencia del lenguaje delatan quienes lo escriben y de dónde viene. No es la primera vez que la misma persona(s) hace esto en el blog y tampoco voy a darle publicidad ni a mencionar su nombre porque esta(s) persona(s) viven del aire y de llamar la atención. Pero estoy ya cansado y como veo que en España se aplica lo de calumnia que algo queda pues he considerado oportuno zanjar este tema para siempre. Cuando yo vivía en Granada esta persona y sus compinches ya se encargaron de incluso insultarme en los periódicos, en mi etapa de colaborador en un periódico local, y por supuesto lo han hecho muchas veces de forma menos velada en otros lugares. Lo que no puede comprender esta persona es que el trabajo bien hecho y el azar hayan sido los dos únicos elementos que me han llevado a poder disfrutar de tanta felicidad en los casi 10 años que llevo ya de carrera académica. Todavía existe mucha gente incorruptible y yo llevo a gala serlo.
Y no, no van a conseguir que odie Granada, que yo piense que todo el mundo allí es como ellos. En Granada tengo muchísimos amigos, hay mucha gente a la que respeto intelectualmente tanto fuera como dentro de su Universidad y tengo a mi familia. Si yo pensara que Granada son ellos sería estúpido. No, para mí Granada es el panadero que se alegra con sinceridad cada vez que me ve, Granada es la vecina que te ve dos veces al año y con franqueza te pregunta por cómo te van las cosas, Granada es un conjunto de personas que viven con dignidad intentando aportar lo que mejor tienen sin ningún ánimo de querer erigirse como pontífices o que el mundo entero les haga reverencias.
Y sí, soy amigo de Antonio Muñoz Molina y qué pasa. Como lo soy de José Ricardo Morales y lo soy de otra tanta gente con talento mucho menos conocida. Y admiro a Antonio tanto personalmente como intelectualmente y no tengo ningún reparo en reconocerlo públicamente y en privado. ¿Me convierte eso en un "acólito" de Antonio? Qué simpleza más miserable que me acusen de eso.
Hace unos días, y con esto termino, el propio Antonio Muñoz Molina escribía que hay mucha gente a la que no le gusta escribir sino ser escritor. Creo que hay muchos escritores frustrados en Granada aunque vayan blandiendo por el aire el mérito de sus corruptos premios literarios conseguidos de las formas más sospechosas. A mí lo único que me mueve es la pasión por mi trabajo y el entusiasmo de vivir con lucidez mis días a lado de aquellas personas a las que más quiero. A ellos, los que se han tomado la molestia de escribirme el largo mensaje al que respondo y no reproduzco por la falta de clase que demuestran sus insultos, no creo que haya nada más que les mueva que la envidia, la frustración y la maledicencia. Como siempre dice mi padre: "que con su pan se lo coman".